dijous, 22 de maig de 2008

Las Fiestas de la Primavera animan las calles de Sant Feliu

La tarde del domingo era calurosa, invitaba a salir a la calle, nada comparado con el día anterior, que había estado cubierto de lluvia durante gran parte de la jornada.

Las calles del casco antiguo de Sant Feliu estaban repletas de personas, que deambulaban de un lugar a otro, sin rumbo fijo, sin prisa. Eran las fiestas de la primavera en Sant Feliu o Fiesta de las Rosas, nombre que se le atribuye dada la denominación de Sant Feliu de Llobregat como la “ciudad de las rosas”.

Paseando por la feria se podían observar tiendas muy diversas, desde una parada de gominolas hasta un stand de propaganda electoral o uno donde vendían bisutería y gafas a precios increíblemente baratos. Cientas de personas, también de otros lugares(no resultaba complicado encontrarse con habitantes de pueblos cercanos), rodeaban la ciudad.

En la calle se respiraba paz, vitalidad y mucha alegría. Hacía tiempo que se anhelaba esta fiesta y la gente se concentraba para pasar un día agradable.

Paseaba por las calles cercanas a la estación de Sant Feliu cuando descubrí que, para sorpresa mía lo que antes era un parking se había convertido de la noche a la mañana en una explanada repleta de bares y mesas donde la gente se concentraba y, en ocasiones a precios desmesurados, tomaba algo o merendaba en grupo.

Murmullos, gritos, conversaciones... se escuchaban por todas partes, fuera donde fuera.
-Mamá, acompáñame a montarme a los caballitos – le decía un niño a su madre mientras éste correteaba sosteniendo un globo en forma de estrella.

Más adelante, siguiendo los pasos de la multitud, llegué a la Plaza de la Vila, que se encontraba llena de paraditas donde vendían alimentos de todo tipo. Recuerdo un stand donde se podía comprar pan de toda clase, de tamaños y sabores que nunca antes hubiese imaginado. Unos 200 metros más adelante se encontraba un hombrecillo menudo, de poca estatura, pero con un rostro peculiar y afable que cautivaba a cualquiera. Éste realizaba caricaturas a todas aquellas personas que aceptaban sentarse en la silla de madera que se encontraba a su lado izquierdo y esperar a que éste los caricaturizara, con una velocidad casi imperceptible.

Mientras seguía paseando por la feria observaba como iba anocheciendo, pero eso no parecía ser inconveniente para todos aquellos que se encontraban ahí mismo. Ni la oscuridad ni la hora parecía importarle a nadie.

Así pues, a pesar del mal inicio que tuvieron las fiestas en Sant Feliu, ese domingo no faltó alegría ni ganas de disfrutar en las calles de la ciudad.