dissabte, 7 de maig de 2011

INTRODUCIÓN Y DESENLACE

Suena el despertador, abre los ojos legañosos y abultados de tanto dormir. Instantáneamente lo apaga dejándolo caer sobre una alfombra marrón y grisácea con flecos en los extremos. Cierra los ojos -cinco minutos más- mientras se gira de cara la pared.

Al cabo de diez minutos suena el repetitivo e incansable ruido: pip pip pip pip... Se levanta con parsimonia, recoge el despreciado tormento gris y lo deja encima de la pequeña mesita de madera oscura carcomida.

Se dirige a la cocina, abre un armario, allí la espera su caja de galletas de lata pintada a cuadros blancos y azules. Coge dos de ellas mientras abre el grifo para llenar un vaso de agua. Se dirige a su habitación lentamente y de puntillas –el resto de la familia aún duerme-. Se viste, se lava los dientes y se maquilla para dar buen aspecto.

Isabel de treinta y ocho años de edad, alta, morena y de cintura pequeña, a las ocho menos cuarto de la mañana sale de casa para ir a la oficina central de teléfonos, donde trabaja desde los veinte.

Cuando llega a la calle Serrano nº 137 se planta en frente del edificio, mira hacia arriba y observa las blancas nubes, allí en lo alto, las maravillosas nubes, y piensa: otro día, otras historias.

Sube las dos escaleras para llegar al vestíbulo y saluda al conserje.

- Buenos días Paco!

- Buenos días señorita Isabel.

Entra en el ascensor, pulsa el numero tres y se mira en el espejo para confirmar que el maquillaje sigue en su sitio.

Se abre la puerta del elevador y con un paso seguro y firme se dirige a su mesa, le desea unos buenos días a Rosa, su compañera que acaba de terminar el turno, se sienta en su silla y recibe una llamada:

-Buenos días, desearía hablar con el numero 346 de Carabanchel

-Sí, enseguida, señor.

-Gracias.

Isabel cogió el negro, grueso, pesado y duro cable y lo enchufó con el número 346. Se quedó escuchando la conversación, como de costumbre. Esta vez se oían dos voces masculinas, una más grave que la otra, hablaban sobre una reunión donde se juntarían unos miembros importantes de alguna gran empresa de construcción.

Al cabo de un rato, Isabel, que en aquel momento se estaba limando sus brillantes, largas y simétricas uñas, recibió otra llamada:

- Hola, Buenos días! Podría ponerme con el número 149 de Madrid? La voz le era familiar, aquella “d” vertida en “z”, le llamó la atención. Esta vez no dudó en cotillear la conversación.

- Ahora mismo, que tenga unos buenos días!

- Gracias señorita.

- Si, diga?

- Buenos días Marina! Soy Luis. Cómo fue ayer?

- Hola Luís, pues lo de ayer ya está todo en orden, estate tranquilo.

- Gracias a Dios! Bueno… te llamaba para saber si esta tarde tienes un hueco en tu ajetreada agenda para ir a tomar un café.

- Jaja! Qué exagerado eres! Pues claro que podemos ir a tomar algo. A qué hora quieres quedar?

- Como te vaya mejor a ti…

- Te va bien a las seis en Atocha?

- Perfectísimo! Te esperaré en la entrada principal.

- Quedamos así entonces. Adiós Luis.

- Hasta luego Marina!

Isabel no podía dar crédito a lo que le estaba sucediendo. Le temblaban las piernas y le dolía la barriga, parecía como si fuera ella quien estaba citada a las 6 en Atocha.

La mañana pasó rápida, el teléfono no paraba de sonar, pero ella ya no estaba pendiente de las demás conversaciones. Quería saber quien era ese hombre con quien una tal Marina había quedado.

Terminó su turno a las tres en punto. Marchó de la oficina a toda prisa.

-Hasta mañana señorita Isabel!

Pero ella ya no se acordaba de la existencia del conserje.

Se dirigió a la parada del tranvía, cruzó la calle y subió en el primer vagón que se le puso en frente. El vagón estaba a rebosar y ella miraba los rostros de los hombres preguntándose si alguno tenia cara a Luís. Bajó en la calle San Andrés, subió las escaleras apresuradamente, no quería llegar tarde a su cita.

Una vez en casa comió junto a sus hijos, su marido estaba trabajando. Lavó los platos para simular que todo estaba en orden, no quería que nadie sospechara de ella.

Luego se duchó, ya que con la prisa el cuerpo le dejó toda la ropa húmeda. Salió del baño con el albornoz y se apresuró a vestirse: una camisa de flores azules y violetas fue la escogida junto a una falda nueva, ajustada y negra.

Miró el reloj, pasaban siete minutos de las cinco y media. Se lavo los dientes, se maquilló de nuevo y corroboró que todos los objetos esenciales estuvieran en el bolso. Bajó por las escaleras lo más rápido posible.

Cogió en tranvía, éste la dejaba justo delante de Atocha, sólo tenia que cruzar la calle.

Se plantó delante de la entrada principal, aún no había nadie, se apoyó en una pared amarillenta y empezó a inspeccionar las zona. Aquello se convirtió en un juego, se trataba de adivinar quién tenia cara a Marina y Luís.

Una señora con un traje negro y gris, un poco atrevido para la época, pasaba corriendo cargada de bolsas, parecía que iba a perder el tren.

Después pasaron una pareja, ellos iban cogidos de la mano –Serian ellos?- se preguntaba Isabel, no, demasiado mayores. Se trataba de un hombre bajito, cojeaba pero gracias a la ayuda de un bastón de madera andaba a un buen ritmo. Le acompañaba su señora, ella se conservaba mejor, disimulaba su edad vistiendo elegante, discreta y calzando unos zapatos con un talón que le estilizaban las piernas plagadas de varices.

Isabel ya no sabia dónde mirar, el reloj de la estación marcaba las seis i siete, el de su muñeca las seis i nueve. De repente un hombre de unos treinta años, alto y delgado que llevaba un sombrero de piel, se apoyó en la pared de enfrente dónde Isabel estaba esperando intranquila. Al cabo de tres minutos llegó la supuesta Marina, una señora de unos cincuenta años, se dieron un beso y empezaron a charlar.

Para asegurarse de que esa era la pareja que estaba esperando, Isabel se acercó a ellos deteniéndose a su derecha, simuló que le dolía el zapato derecho mientas escuchaba:

- Y si vamos a dar una vuelta por el Retiro?

-Si! Buena idea, así aprovechamos el día.

La voz del chico le seguía recordando a alguien aunque el rostro no lo había visto antes. No había duda que de se trataba de la pareja que había estado charlando por teléfono esa misma mañana.

La telefonista quería saber más cosas sobre ellos, los siguió.

Habían tres metros de distancia entre la pareja e Isabel, ella no les sacaba el ojo de encima. Llegaron al Retiro, una gran zona verde en pleno centro de Madrid para respirar aire puro, relajarse.

La pareja se paró a descansar en un banco de hierro oxidado de color rojo y ella se tumbó en la seca y verde hierba que había justo detrás de dónde ellos se habían parado a descansar. Tenía ganas de hablar con ellos, de preguntarles cosas de su vida, quería saber a que se dedicaban, donde vivían, como se conocieron, pero no sabia como hacerlo.

La tarde pasó volando, eran las nueve y diez. Isabel tendría de inventarse una excusa por llegar a tarde ya que siempre aprovechaban los viernes para ir a casa de sus vecinos, los Huerta, para ver la televisión. ¿Qué pensaría su marido al verla llegar a esas horas?

La pareja se levantó del banco, la noche les caía encima y la humedad empezaba a filtrase por la piel.

Isabel intentó disimular, se quedaría cinco minutos más para que no fuese tan descarado.

La pareja se fue, pero Luís se olvidó el sombrero en el banco. Era la perfecta ocasión para que la telefonista pudiese mantener una charla con ellos. Le devolvería el sombrero y le preguntaría todo lo que le había pasado por la cabeza aquella tarde.

Ella se levantó de golpe, cogió el sombrero y fue tras la pareja corriendo. Ellos ya habían salido del parque, incluso habían cruzado la calle. Isabel sin pensar empezó a correr cada vez más rápido, la blusa de flores parecía tener vida propia al moverse tanto, y la raja de aquella falda negra y ajustada se hizo mas grande al dar esos pasos de elefante.

Isabel cruzó sin mirar, quería conocer aquella pareja, le quería devolver el sombrero a Luís pero en ese mismo instante pasó un coche. Murió en el acto.