dimarts, 5 de maig de 2009

Cambiar de imagen, la tendencia del siglo XXI


Actualmente y según encuestas realizadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), los españoles gastan un promedio de 800 millones de euros al año en intervenciones de cirugía estética. Amas de casa, ejecutivos, jóvenes de apenas 15 años y mujeres de la tercera edad acuden a las distintas consultas que anteriormente solo frecuentaban los personajes públicos. La gama de servicios pues, es tan variada como el perfil de los consumidores. Liposucciones para los que desean retirar esa acumulación de grasa en alguna parte del cuerpo, rinoplastia para moldear la nariz, aumento mamario para aquellas mujeres que deseen aumentar su talla de pecho, liftings para tersar la piel… y así hasta que el cuerpo no asimila más cambios.

Inicialmente, estas intervenciones sólo se realizaban a personajes de gran influencia social-según muchas mujeres- como eran las estrellas de Hollywood; Catherine Deneuve, Sofia Loren y Claudia Cardinale eran, entre otras, modelos de belleza a seguir. Fueron las pioneras en utilizar el bisturí para retocar las pocas imperfecciones que cubrían sus escandalosos cuerpos. Pero actualmente, estas prácticas ya no suponen una novedad. Nos encontramos con “realities” que tienen como finalidad transformar a personas acomplejadas a golpe de bisturí, clínicas en cada esquina que ofrecen un menú inacabable de tratamientos para todos los gustos y tratamientos que finalizan en tan solo una hora y que por consiguiente permiten hacer retoques de manera rápida.

Según los expertos, esta obsesión “moderna” del culto al cuerpo es consecuencia de los cánones de belleza que la sociedad occidental rige, unas pautas enfocadas a tener un cuerpo perfecto. Así pues, encontramos un bombardeo constante de programas de televisión, anuncios en los periódicos y referentes estéticos como las modelos de pasarela, que influyen en el hecho de querer aproximarse a una perfección corporal. El continuo avance de la ciencia también ha causado que las intervenciones de carácter estético se hayan multiplicado. El temor a hacerse mayor, la lucha por perder esos quilos de más y la obsesión para estar radiante las 24 horas del día, son algunos de los argumentos que defienden los amantes del quirófano según la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética. Y no es de extrañar que España sea el primer país de Europa y el cuarto del mundo después de ver que el año pasado se realizaron 300.000 intervenciones de cirugía plástica. Está claro que la felicidad según algunos llega a manos de operaciones que moldean o en muchas ocasiones cambian por completo partes del cuerpo.

Ahora bien, dejando de lado las estadísticas y el poder de influencia social para los más vulnerables, pretendo cuestionar si los clientes de tales servicios son conscientes del riesgo médico que conllevan los tratamientos. Es demasiado alarmante que en España, el 40% de estas intervenciones se realicen a chicas entre los 18 y 21 años. A pesar de que los profesionales añaden constantemente que no deja de ser un paseo por el quirófano, una práctica que como en todas las demás intervenciones puede suponer una serie de riesgos, el “target” parece permanecer entre los jóvenes. De hecho, a lo largo de los últimos años, nos hemos encontrado con diversos casos de operaciones que han acabado con denuncias por sus peligrosos resultados: pechos que han acabado extirpados, caras desfiguradas y pacientes que padecen dismorfia (rechazo corporal) y que por consiguiente no han tolerado bien el tratamiento practicado; y aún así, las estadísticas no dejan de subir.

Pero sorprendentemente, todo cambia cuando la cirugía reparadora se utiliza para solucionar cuestiones de salud. Gracias a la cirugía plástica, muchos pacientes con importantes enfermedades han logrado recobrar su aspecto inicial. Mujeres que han perdido un pecho a causa de un cáncer de mama, por ejemplo, lo han recuperado- con técnicas muy agresivas y dolorosas- gracias a una prótesis. Personas con sobrepeso han logrado perder esos kilos que les imposibilitan llevar una vida normal y corriente. Incluso accidentes graves que han causado notorias deformidades en la cara se han visto solucionados con los avances médicos que involucran al bisturí.

Por consiguiente, creo que habría que aplaudir a los investigadores científicos por encontrar diariamente nuevos métodos de cirugía plástica que ayudan a regenerar partes del cuerpo afectadas. Pero, al contrario, cuestionar por qué hay una práctica tan irracional de estas operaciones, las cuales pueden desembocar en riesgos muy graves. Tanto por parte de algunos profesionales como por parte de los clientes, cambiar de imagen se ha convertido en un capricho y, resultantemente, la nueva tendencia del siglo XXI.