dilluns, 11 de maig de 2009

Lluvia en primavera

Una bandada de por lo menos mil palomas dan la bienvenida a la Plaza Cataluña. Éstas revolotean por encima de las cabezas de un grupo de estudiantes italianos, los únicos que permanecen en el centro de la explanada. Parecen perdidos o expectantes, y lo único que turba su parsimonia son las dichosas aves que se mueven en masa al mínimo movimiento, paralizando a cualquiera que intente evitarlas.
La estrella central que hay en el suelo de la Plaza Cataluña está desierta. Tan sólo pasan, de vez en cuando, transeúntes que no tienen la menor intención de quedarse, simplemente la cruzan en diagonal entrelazándose y creando una estela en el suelo mojado a modo de trenza.
Algunos peatones llevan un paraguas, pero los más valientes -o despistados, según el caso- se fían de su permeabilidad y deciden taparse con una prenda de ropa, ya sea gorro, capucha o la misma chaqueta descolocada a modo de protección. Éstos últimos son fácilmente diferenciables ya que aceleran el paso cuando no tienen un balcón en el que resguardarse. En alguna ocasión la aceleración del paso ha provocado algún resbalón o caída, con la consiguiente mofa de los cercanos.
Debido al mal tiempo hay carencia de jubilados sentados en los bancos de madera que hay alrededor de la plaza. Los días soleados aprovechan para reunirse y explicarse historias de antaño; con esos relatos se podrían escribir libros enteros.
Los inmigrantes que abundan con falta de lluvia, tampoco se dejan ver estos días. Hay algún rezagado que se parapeta con un fino chubasquero azul. Su mirada perdida y el cuerpo relajado muestra un estado de tránsito preocupante. Pero sigue allí, en el banco, solo, atónito y despreocupado mientras la fina lluvia lo va cubriendo de una delgada capa de agua que le va chorreando hasta alcanzar los negros pies tapados con unas viejas chanclas.