dilluns, 25 d’abril de 2011

EL LOBO ES COMO ES

“El lobo es como es y el cuento se acaba como se acaba”. Esta frase está escrita en una pintura que vi colgada en una calle de Tarragona. Una pintura divertida. Un lobo azul con su boca enorme abierta y unas piernas de niña que salen de ella. Sin embargo el mensaje que lleva escrito es amargo, como un caramelo que huele a fresa pero sabe a pomelo.

Esta pintura representa el desenlace del cuento más famoso y versionado de todos los tiempos: la caperucita roja. Se puede decir que en este caso es el final del cuento porque la frase que la describe así lo indica, pero si no, habría quien añadiría a este cuadro un leñador que saliera al rescate de la niña o una abuelita que finalmente matara al lobo.

Ya en la Edad Media se contaba esta historia cargada de fuertes connotaciones sexuales a las niñas innocentes para prevenirlas de los hombres que tenían “malas intenciones”, pero el final que se trasmitía era el mismo que el de la pintura. Charles Perrault fue el primero que lo convirtió en un cuento escrito, consiguiendo ser bastante fiel a la versión de tradición oral y dejando el final intacto, pero clarificando su significado con una moraleja final. Fueron los Hermanos Grimm los que hicieron el cambio más radical al añadir la figura del leñador, que finalmente salva a la abuela y a la niña y mata al lobo feroz. A lo largo de los años el final de este cuento se ha contiuado modificando, maquillando y edulcorando, hasta que han ido surgiendo miles de finales alternativos, como por ejemplo aquel que explica que la abuelita consigue matar al lobo.

A los niños normalmente se les cuenta la versión del leñador u otra en la que la caperucita y la abuelita salgan ilesas. Y como en el cuento de la caperucita, lo mismo ocurre con el resto de historias que se inventan para niños. Creamos burbujas de fantasía con estas historias, que en cierta forma son necesarias para asegurarles su protección, felicidad, innocencia y para fomentar en ellos valores como la amistad, la no violencia, el optimismo, etc. Pero hay que tener claro donde está el límite. Hasta que punto la burbuja debe ser opaca o transparente, para que puedan o no, descubrir por ellos mismos como funciona el mundo real.

Si no se encuentra el equilibro, los niños crecen sin saber que existe el sufrimiento. Creen en un mundo en que la perfección llega a ser real, donde el malo, el lobo, siempre recibe el castigo y el bueno, la caperucita, consigue lo que quiere. Esto no significa que el niño deba sufrir, si no que hay que enseñarle que no todo siempre serán sonrisas y flores, y no siempre aparecerá un leñandor en su historia, si no que tendrá que esforzarse, y mucho, para conseguir lo que quiera, y que a veces lo conseguirá y otras veces no.

Un caso paradigmático en nuestra sociedad es el de la negación de la muerte. Crecemos sin aceptar este proceso natural de la vida. No sabemos que es, que significa, como aparece... Es un tema tabú que se cubre con un gran manto de miedo. Tememos a la muerte como tememos a todo tipo de sufrimiento. Pensamos que ocultarles cierta parte de la verdad les hará más felices, pero en realidad no nos damos cuenta de que esto les hace más débiles y por tanto propensos a sufrir. Creamos a niños con miedo, que no afrontan sus problemas porque nadie les ha enseñado ha hacerlo, si no que los tapan y los esconden intentando evitarlos, sin saber que tarde o temprano volverán a surgir. De mayores, en su adolescencia o más adelante, puede surgir la frustración y el desamparo. De repente se verán en un mundo lleno de obstáculos, crisis y amenazas que no sabrán como afrontar.

Esto no quiere decir que los niños no puedan crecer felices, manteniendo su innocencia y desarrollando valores como el optimismo o la empatía. Al contrario, deberían fomentarse todos estos valores, a la vez que se les enseña a esforzarse, decepcionarse, desilusionarse, a estar solos, a aburrirse... Deben saber que el lobo es como es. Que come a otros animales porque ha nacido para así hacerlo, y que quizá, alguna vez, pueda haberse llegado a comer a alguna caperucita despistada.